De mi infancia, el cole y demás musarañas
De pequeño me crié en un barrio chungo. Y no es que yo fuese de tal barrio, es que mi colegio estaba ahí. Mis padres intentaron meterme en un colegio público en buena zona, pero el que tocaba a mi "distrito" (si es que una ciudad de 90.000 habitantes como Cáceres merece dividirse en distritos) era uno que mis padres intentaron evitar a toda costa y donde acabé estando ocho eternos años.
Ahí conocí a Juandyc, amigo de esos pocos que le van quedando a uno tras el paso de los años, al que todavía sigo viendo cada vez que vuelvo a la patria chica (de hecho tenemos pendiente una matanza conjunta en los chocones de esta próxima feria, ver anterior post). Ahí compartimos tebeos de Mortadelo y Zipi y Zape, conquistas de hormigueros, las primeras incursiones en los futbolines de barrio -auténticos antros de leyenda- y muchas burradas de esas que hacemos de chavales...
Y me pongo a pensar en eso... En cómo una simple decisión administrativa ayudó a forjar una amistad que sigue tras más de 20 años, y el cómo estar en un barrio con una fama no demasiado buena me ayudó a ser lo que soy hoy, para bien o para mal.
Tras el colegio uno veía cómo era la calle en realidad, los juegos de pelota improvisados en paredes a modo de frontón y los jerseis haciendo de improvisados postes. El que hacía de portero levantaba el brazo haciendo como que lo estiraba mucho y decía "hasta aquí es el travesaño!"
Sí, fueron años felices. Años de juegos, de meriendas tras el cole y Barrio Sésamo. Y fueron años de "anoche le dieron a uno una puñalada; ahí, a la vuelta de la esquina". Contrastes brutales, de soles que se ponían en un suspiro y lunas que se apagaban al sentir del filo de una navaja.
Y de todo aprende uno, aunque no quiera. Aprendemos a sentir hasta sin querer hacerlo...
